30.4.08

Memorias de Groenlandia (6)


Nuestros últimos días en tierras Groenlandesas las pasamos en Qassiarsuk. El albergue, sede central de Tierras Polares en el país, era muy acogedor, con una preciosa terraza de madera con vistas al fiordo Tunulliarfik, un amplio salón con decenas de libros de viaje y juegos de mesa y un baño común donde darse la primera ducha en 3 días.

Qassiarsuk es uno de los enclaves más importantes del sur de Groenlandia. Alberga las ruinas de la iglesia y el asentamiento de Eric el Rojo, que conforman el antiguo Brathalid, la capital de la Groenlandia vikinga y el lugar donde Erik se asentó en el año 985, al comienzo de la colonización vikinga.

El caudillo vikingo Erik el Rojo fue desterrado de Islandia y emprendió viaje hacia el oeste, ya que se comentaba que un comerciante llamado Gunnbjorn Ulf-Krakason, arrastrado por las tormentas, había avistado unos islotes y una vasta tierra. En el 981 descubrió Groenlandia y la exploró durante tres años, regresando a Islandia a reclutar colonos. En el año 985, veinticinco embarcaciones cargadas de colonos islandeses, emprendieron el viaje definitivo a Groenlandia, pero solo cuatrocientas personas llegaron a destino.

Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, continuó la tarea de colonización hacia el oeste iniciada por su padre. Alrededor del año 1000 pasó un invierno en una tierra a la que denominó Vinland. Su campamento constituiría el primer asentamiento europeo en América, quinientos años antes que Cristobal Colón. Los vikingos permanecieron en Groenlandia hasta el siglo XV, cuando desaparecieron sin dejar apenas rastro. Los motivos siguen siendo aún hoy día un misterio.

Durante las noches, aunque alejadas del añorado espíritu de Fletanes, no faltaba la animada conversación y las risas sobre las anécdotas del día. La primera de ellas la recuerdo como la de “la caza de moscas”. Dormíamos los ocho juntos en una amplia habitación de literas cuando, tras una de las cortinas, descubrimos un nido con decenas de moscas. A Rafa y a mí no nos quedó más remedio que “jugarnos la vida” y ponernos manos a la obra para abatirlas a todas antes de echarnos a descansar.

El buen tiempo que nos había acompañado durante las jornadas anteriores desapareció por completo y volvimos a ver la cara menos amable de Groenlandia. El viento y la lluvia no nos abandonó un momento en nuestras marchas a pie por los alrededores. La buena sintonía entre todos nosotros se había reforzado con el paso de los días. Ni siquiera las largas caminatas (de más de 8 y 9 horas), la lluvia y el frío abatían nuestro ánimo y nos pasábamos las horas charlando y riendo.


La ascensión a Tasiusaq y la marcha por el Valle de las Mil Flores hasta el glaciar Kiattut estuvieron marcadas por la imponente presencia de la naturaleza y por dos personajes tremendamente curiosos. Javier Knorr, un hombre de mediana edad que pensaba pasar un mes en una tienda tradicional inuit y que se empeñaba (inútilmente) en asfaltarla, y “Spiderman” un animoso padre de familia que había conducido a sus hijos monte arriba hasta que ya no era capaz de moverse. El pobre hombre era todo un dechado de virtudes y apenas parecía capaz de mantener el equilibrio en terreno estable. Si no llega a ser por Juan, que se prestó a incluirles en el grupo por ese día, quien sabe que habría sido de ellos.

Bajo la lluvia y tras un entretenido descenso con cuerdas, regresábamos al campamento y el viaje tocaba a su fin. Atrás quedaban todas esas marchas a pie, todas esas cenas, las noches en espera de la ansiada aurora boreal, los fríos trayectos en lancha, la plácida curiosidad de aquel pequeño zorro ártico que rondaba en torno a nuestras tiendas, los arándanos que amenizaban nuestras rutas, las partidas de parchís en el Leif Eriksson, los posados al estilo “Obregón” de cierto personaje, los espectaculares “giros” de los icebergs cuando se desestabilizaban en el agua, los gritos de un aterrado padre de familia a su hijo Darwin, los debates sobre el cambio climático, las divertidas caras de Otto cuando no nos abrochábamos bien el chaleco, el buen vino al que nos invitaron en el albergue y la compañía de los buenos amigos.

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