29.4.08

Memorias de Groenlandia (5)


Tocaba decir adiós a Fletanes. Nos quedaba todavía medio viaje por delante pero en el fondo todos sabíamos que nada superaría aquello. Habíamos tenido el privilegio de disfrutar de uno de los más recónditos lugares del planeta y eso lo llevaríamos con nosotros para siempre.

Al anochecer, cuando tras la cena bajábamos al río a lavar los platos y los útiles de cocina, ateridos de frío y con las manos sumergidas en las gélidas aguas, nos reíamos. Paco solía decir entre carcajadas “cualquiera que me vea…a las once de la noche lavando los platos en un río y muerto de frío…tras haber pagado 2 millones de pesetas por el viaje”. Todos pensábamos lo mismo, pero no tengo ninguna duda de que volveríamos a pagarlos con gusto.

Recogimos rápidamente y a las diez embarcamos nuevamente en la lancha. Al ponernos en marcha muchos volvimos la cabeza hacia atrás, para echar una última y furtiva mirada y corresponder a Sergio y Jorge, que nos despedían, brazo en alto, desde la costa. Había que pasar página y ver qué más nos deparaba Groenlandia.

En esta ocasión nuestro conductor no era Ulle sino Otto, un hombre de mediana edad, curtido por el frío y con rasgos marcadamente inuits. Era capitán de barco y tenía un carácter algo especial pero no tardamos en cogerle cariño y aceptar sus excentricidades (a Juan le volvía loco con los nudos que tenía que hacer con los cabos y en más de una ocasión tuvo que aguantar alguna que otra bronca).

Navegando entre icebergs y ataviados con nuestras inseparables parkas rojas nos dirigimos hasta Tasiusaq. Para llegar hasta allí debíamos atravesar el fiordo Sermilik, que casi siempre se encuentra bloqueado por las ingentes masas de hilo que se desprenden del glaciar Eqaloruutsit. Nuestro intento no prosperó pero la experiencia mereció la pena. Mónica tuvo la oportunidad de pilotar la lancha durante un tramo, pero el primer aviso de que en el ártico las cosas nunca son tan sencillas como parecen nos lo dio una red de pescadores. El motor la enganchó y estuvimos arrastrándolas durante algún tiempo hasta que la hélice se trabó. Juan y Otto tardaron más de quince minutos en liberar los motores y no tuvieron más remedio que cortar las redes. Afortunadamente pudimos volver a poner la lancha en movimiento, que había quedado a la deriva rodeada de hielo.

Durante más de una hora estuvimos navegando entre icebergs de las mas caprichosas formas y tamaños, reduciendo la velocidad de la marcha e incluso empujando algunos de ellos para abrirnos camino entre un mar de hielo cada vez más cerrado.


Apenas a 20 minutos de alcanzar nuestro destino quedamos bloqueados por el hielo. No parecía haber manera de cruzar el fiordo y Otto decidió acercarse a un saliente rocoso desde el que observar el mar helado, intentando encontrar una fisura. Tras más de media hora buscando alguna grieta sin éxito, ante la mirada curiosa de algunas focas, nos apresuramos a dar la vuelta antes de que la rápida bajada de la marea hiciera prisionera a la lancha entre las rocas. El camino de regreso resultó también toda una aventura ya que el hielo a nuestras espaldas se había estado cerrando y a punto estuvimos de quedar allí aislados.

El cambio de planes nos obligó a olvidarnos de Tasiusaq y poner nuestras miradas en el idílico Igaliko. El trayecto era todavía bastante largo y tras más de una hora soportando el gélido viento que azotaba la lancha, el frío se había adueñado ya de nuestros cuerpos. Decidimos hacer un alto en Narsaq. Aquella población triste y gris que habíamos conocido se había convertido en un animado poblado, de colores verdes y rojizos, por lo que pudimos disfrutar de un agradable paseo y un sosegado almuerzo en el puerto, antes de proseguir camino.

Igaliko es un pequeño poblado esquimal de apenas 40 habitantes con fama de ser la población más bella de toda Groenlandia. Alberga las ruinas de Gardar, el arzobispado y capital religiosa de la Groenlandia vikinga. La mayor dificultad nos la encontramos en el acceso al puerto, donde tuvimos que ascender una empinada escalera hasta la plataforma. Posteriormente, el suave ritmo de la marcha por el Kongevejen o “sendero de los reyes”, la quietud del valle y la temperatura, invitaba a la conversación. Eran las siete y media de la tarde cuando Otto, que venía exultante porque su hija había quedado campeona del campeonato de futbol femenino groenlandés, volvió a recogernos. Empezaba a bajar la temperatura.

Aunque el día había sido muy completo, la jornada todavía nos deparaba una sorpresa. En nuestro trayecto a Qassiarsuk nos adentramos en el Qooroq, uno de los fiordos de más complicado acceso en todo el sur de Groenlandia debido a la cantidad de hielo que suelta el glaciar que lo flanquea. Como era de esperar, nos fue imposible recorrer apenas unos metros, pero la estampa de aquel atardecer en el mar rodeados de inmensos icebergs (algunos como edificios de varias plantas) nos reconfortó a todos el espíritu y nos enfrentó nuevamente cara a cara con la sublime belleza del ártico.

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