
Para nuestra sorpresa, el tercer día en Fletanes también amaneció frío y soleado. Groenlandia nos quería dejar disfrutar al máximo de un entorno tan maravilloso. Tras asearnos un poco en el río y tomar nuestro merecido desayuno nos pusimos en marcha. Tocaba ascensión al lago de Tasersuatsiaq para disfrutar de unas inmejorables vistas del Inlandis.
La marcha fue tremendamente espectacular, ya que a los pocos minutos de salir del campamento y ascender unas pronunciadas dunas, nos dispusimos a cruzar un vasto valle de arena en el que pastaban algunas manadas de Caribús (renos salvajes). El valle acababa en un inmenso lago glaciar de aguas cristalinas, donde hicimos una primera parada para disfrutar del silencio y reponer fuerzas.
A partir de ahí, el paisaje cambiaba radicalmente y la arena dejaba paso a un valle verde y frondoso por el que ascendimos hasta la cima de una de las montañas que flanqueaban el fiordo.
La marcha fue tremendamente espectacular, ya que a los pocos minutos de salir del campamento y ascender unas pronunciadas dunas, nos dispusimos a cruzar un vasto valle de arena en el que pastaban algunas manadas de Caribús (renos salvajes). El valle acababa en un inmenso lago glaciar de aguas cristalinas, donde hicimos una primera parada para disfrutar del silencio y reponer fuerzas.
A partir de ahí, el paisaje cambiaba radicalmente y la arena dejaba paso a un valle verde y frondoso por el que ascendimos hasta la cima de una de las montañas que flanqueaban el fiordo.

Allí, absortos en la majestuosa visión del Inlandis y el hielo infinito que se extiende hasta la costa norte de la isla, comimos y nos echamos una siesta. Aunque la temperatura era bastante fresca en la cima, al iniciar la bajada y sentirnos arropados por el valle y la tundra, empezamos a madurar la idea de darnos un baño en el lago que habíamos cruzado esa mañana.
El agua estaba fría, muy fría, pero tras haber superado la prueba del día anterior, no nos costó en exceso darnos un refrescante chapuzón. Esta vez, el más decidido fue Paco, que sin pensárselo dos veces se desnudó y se lanzó al agua. Tras él fuimos Rafa, Julio, Laura y yo. Juan tardó un poco en entrar pero luego nos regaló una de las estampas más divertidas de la jornada ya que se quedó sumergido durante más de diez minutos, inmóvil y con apenas la cabeza fuera del agua.
Nos había costado más de ocho horas, pero ya estábamos de vuelta en el campamento. Había merecido la pena. Aunque ninguno quería hablar abiertamente de ello, todos éramos conscientes de que se trataba de nuestra última tarde en aquel enclave tan especial. Así que cada uno se dispuso a disfrutarla de la mejor manera posible. Mónica y yo nos dimos un nuevo paseo por la playa, Paco, Juan, Marisa, Laura y Silvia, se sentaron en esa terraza improvisada en la que convertíamos la entrada de la Yurta cuando sacábamos las sillas y Rafa y Laura se decidieron por recorrer la zona de los lagos.
Era viernes noche y tocaba lentejas. Laura se había ofrecido desinteresadamente a cocinarlas para nosotros, así que mientras regresaba de su paseo con Rafa y Mónica, los demás iniciamos los preparativos: cebolla, jamón y patata debidamente troceada. La verdad es que le salieron exquisitas.
Animados por el buen “rollo” del día anterior, Sergio y Jorge se apuntaron nuevamente a compartir la cena y la Yurta con nosotros, aunque en este caso, ellos se decidieron por cenar algo de arroz y un sabroso pan que elaboraron allí mismo. El caso de Juan no dejaba de sorprendernos a todos. Era fuerte, muy fuerte, pero se alimentaba exclusivamente de arroz, pasta y algo de té. Al ser vegetariano (no comía carne ni pescado) aquello parecía ser suficiente para él.
En cualquier caso lo que sí era cierto es que aquella persona aparentemente tímida que habíamos conocido en Narsarsuaq hacía cuatro días se había convertido ya en un amigo. La contagiosa risa de Laura parecía animarle a contarnos sus aventuras en la India (donde había estado viviendo durante más de siete años) así como historias de su infancia. Dos de ellas se convertirían en una de las anécdotas del viaje: el truco de magia de los payasos con el niño cortado en dos pataleando y el pobre Manrique y su bracito.
La verdad es que aquella noche empezamos a conocer a Juan mucho mejor. Nos mostró su lado más místico, fruto de su larga estancia en la India. Nos contó el significado de alguno de sus tatuajes (la cara de Marta ocupaba su hombro izquierdo) así como la historia de una anciana que conoció hace años y con la que mantuvo una relación algo especial. A su juicio, las personas que le parecen interesantes no son las de caras perfectas y artificiales sino las que muestran las arrugas de la vida, las que demuestran que tienen mucho que contar y, por tanto, es posible aprender a su lado.
Nuevamente fuimos estirando la sobremesa, aferrados a nuestra taza de té caliente y envueltos en una sincera conversación. Al final de la noche, Sergio también se decidió a contarnos algunas de sus experiencias como guía de ascensiones al Aconcagua o de las rutas en kayak que organizaba en Argentina y Chile, donde vivía más de 8 meses al año. La polémica sobre si considerar doping o no la toma de oxígeno para ascender un “ochomil” también avivó el debate.
Así, cansados pero resistiendo la tentación de irnos a la cama, nos dieron las dos y media de la mañana. Aunque no lo parezca, ese era uno de los momentos más duros. La temperatura no superaba los cero grados y aunque en la Yurta se estaba relativamente cómodo, era imposible no tener el cuerpo destemplado. Por eso, la entrada en la gélida tienda de campaña, los minutos que tardábamos en desnudarnos y ponernos las camisetas térmicas con las que dormíamos y los primeros instantes tratando de calentar el saco, eran pavorosos. Afortunadamente esa noche estábamos los cuatro muy animados y las carcajadas recordando alguna de las historias que habíamos escuchado durante la noche, nos hicieron entrar rápidamente en calor.
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