
Nos habíamos conocido en el aeropuerto local de Reykjavik. La ciudad, como casi siempre que he tenido la oportunidad de visitarla, nos despedía con una mañana lluviosa y fría. Éramos bastantes los que esperábamos allí, sentados en una pequeña sala de espera. Unos, expectantes por iniciar su ruta de Kayak, y otros su periplo de diez días, pero todos con un mismo destino: la Groenlandia a la que nos inuit llaman Kalaallit Nunaat, la tierra de los seres humanos.
Afortunadamente nuestro vuelo partió más o menos puntual y a las 14:45 hora local ya estábamos sobrevolando el Atlántico Norte, sobre los mares que casi mil años atrás había surcado Erik el Rojo desde Noruega.
Groenlandia, la mayor isla del mundo con una superficie de 2.170.000 km2, cuenta tan solo con 56.500 habitantes por lo que no es de extrañar que todo su tráfico aéreo se concentre en cinco pequeños aeropuertos. Si habíamos despedido la capital islandesa con un cielo gris y plomizo, nuestra aproximación a Groenlandia no pudo ser más espectacular. El avión sobrevoló la banquisa y los impresionantes fiordos de la costa este: una sucesión de abruptas montañas, verdes valles, activos glaciares y un mar repleto de icebergs. Tengo que reconocer que se me puso la piel de gallina y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: ya estábamos allí y todo parecía superar nuestras más atrevidas expectativas.
Narsarsuaq es una pequeña población artificial, creada tras la segunda guerra mundial cuando el aeropuerto era utilizado como base militar norteamericana. Apenas unas pocas casas de madera, un café (El Ice Blue), un hotel y un sencillo supermercado completan el abanico de posibilidades que ofrece hoy en día. Allí pasamos nuestra primera tarde, paseando hasta la orilla del fiordo, haciendo alguna visita a la tienda local en busca de mosquiteras y recogiendo esas “parkas” rojas que luego nos iban a acompañar durante todo el viaje.
Állí fue donde conocimos a Juan, acababa de llegar de otra ruta en kayak por lo que fue Marta, una compañera, la que ejerció de anfitriona durante todas estas primeras horas. Su llegada fue vista y no vista, apenas estuvo con nosotros cinco minutos antes de la cena, lo que nos dejó a todos un poco fríos. Quién nos iba a decir que aquella persona “aparentemente” tímida sería la misma de la que nos despediríamos con lágrimas en los ojos apenas una semana después.
El resto de la tarde la pasamos sentados en la terraza del albergue, disfrutando de los últimos rayos de sol del día y conociéndonos todos un poco mejor. La verdad es que tengo muy buen recuerdo de aquellas primeras horas de charla, aperitivo de todas las que vendrían después y que marcarían la relación de uno de los mejores grupos humanos con los que he tenido la oportunidad de viajar (y aquí ya incluyo a Juan).
La cena en el albergue fue bastante animada. Nos esperaba una sabrosa lasaña de pescado, así como un extraño islandés rubio y alto que se ofreció a contarnos una leyenda vikinga en su lengua original a cambio de compartir nuestra cena. Pese a los esfuerzos de Yunta por traducirle, una amiga danesa de Juan, nadie consiguió entender apenas nada. Pobre hombre.
Dado que la noche en el verano ártico siempre se hace esperar (apenas oscurecía de doce a tres y media), Laura, Mónica, Rafa y yo nos decidimos a dar un último paseo antes de irnos a la cama. Nuestra intención era acercarnos al café local para tomarnos una cerveza pero nuestra única compañía a esas horas era el frío y el silencio del aeropuerto. Narsarsuaq dormía y nosotros decidimos hacer lo mismo
