
Ya fuera por esa implacable luz que se colaba en la habitación desde las cuatro de la mañana o por el deseo de que llegaran las once para iniciar nuestro viaje, la verdad es que apenas pude aguantar en el saco más allá de las ocho. Habíamos quedado a las nueve y media para desayunar, así que pase todo ese tiempo leyendo y mirando por la ventana un cielo oscuro y lluvioso, añorando el sol que nos había acompañado durante toda la tarde anterior.
Tras acomodarnos en una vetusta furgoneta para bajar hasta el puerto, apenas a diez minutos del albergue, solo nos quedaba colocarnos las parkas rojas y los chalecos salvavidas y esperar impacientes la llegada de la lancha bajo una fina llovizna. El puerto estaba tranquilo y solo alcanzábamos a oír el suave quejido de los barcos de madera mecidos por el mar y el viento. Así fue como conocimos a Ulle, uno de los tres pilotos de la organización. Se trataba de un hombre joven, de ojos azules y pelo castaño claro, de ascendencia danesa pero rasgos abiertamente inuits. Vestía un chubasquero marrón, aparentemente fino, y unas grandes gafas opacas. Recuerdo que me llamó bastante la atención que durante casi todo el trayecto apenas se puso guantes para soportar el gélido viento que nos azotaba. Permaneció en pie, dirigiendo la lancha e impasible ante el frío.
El trayecto hasta Narsaq duró apenas una hora, tiempo durante el que pudimos comprobar lo que ya nos había comentado previamente Juan: toda la ropa que os pongáis será poca ya que el frío viento que golpea la lancha va poco a poco robando calor al cuerpo. Además, la intermitente lluvia contribuía a mojar nuestras ropas y acelerar la pérdida de calor.
Afortunada (o desafortunadamente) no tuvimos oportunidad de vivir un Foehn en ninguno de nuestros trayectos. El Foehn, frecuente en determinados valles y a sotavento de los grandes sistemas montañosos, se produce después de que un flujo húmedo haya cruzado una zona elevada condensando su humedad y provocando un aumento anormal de la temperatura y un incremento considerable de la velocidad y de las ráfagas de viento locales. En nuestro caso esto habría supuesto que tuviéramos que navegar empapados entre olas de tres y cuatro metros…hubiera sido divertido
Narsaq, con sus cerca de 1.700 habitantes, es una de las ciudades más importantes de Groenlandia y cuenta con museo, mercado esquimal, lonja de pescado, puerto de cazadores e iglesia. La verdad es que la primera impresión fue un tanto desacogedora, ya que durante la hora que estuvimos paseando por sus escarpadas calles no dejó de llover, lo que imposibilitaba recuperar algo del calor que habíamos perdido en el trayecto por el Tunulliarfik. En el transcurso de nuestro viaje tuvimos oportunidad de volver hasta dos veces más por allí y creo que no me equivoco si digo que al final hasta terminamos cogiéndole cariño. No en vano, allí compramos varios bricks de un más que aceptable vino chileno (cabernet sauvignon) que nos acompañaría en las cenas del campamento de Fletanes y Qassiarsuk.
El almuerzo fue de lo más pintoresco: todos de pie en torno a una empapada pequeña mesa de madera ubicada junto al puerto. Bajo una incesante lluvia intentamos dar buena cuenta de paté, pan pescador, salchichón, caballa, magro, frutos secos, queso, Nocilla y unas exquisitas galletas Digestive. Todo ello sin olvidarnos de los termos de café y té que completaban el menú que nos acompañaría para almorzar cada día en torno a la una y media.
Pese a la aparente aridez del paisaje, Groenlandia insistía constantemente en mostrarnos su gran riqueza animal y vegetal. Una pequeña flor silvestre de color azulado (la campanilla) hacía las delicias de todo el que se atreviera a probar sus dulces pétalos. Y los mosquitos no dudaban en acompañarnos allí donde íbamos. El aedes rearcticus puede llegar a formar monstruosos enjambres en los días más cálidos del verano ártico, cuando abandona los pantanos y los matorrales de salicaria. Son capaces de atravesar vaqueros, ropa interior y piel con tal de conseguir su objetivo. Aunque todos nosotros nos llevamos alguna que otra picadura, tuvimos la suerte de llegar cuando muchos de ellos estaban ya muriendo.
Sin apenas tiempo para nada mas, volvimos a acomodarnos en la lancha y proseguimos nuestro camino hasta el que ese día era nuestro destino final. Un campamento al que Juan se refería como “Fletanes” (pero que los locales llamaban Qaleraliq) y que todavía no sabíamos que iba a ser, sin ninguna duda, el plato fuerte de nuestro viaje. El paraíso.
Teníamos otra hora de ruta por delante y las previsiones no eran muy optimistas. Las nubes bajas apenas dejaban adivinar el imponente paisaje que nos rodeaba y la lluvia apretaba por momentos. La siguiente media hora se hizo bastante dura, una vez que el cuerpo empezaba a quejarse por la humedad, los botes de la lancha y el frío. Sin embargo según nos íbamos acercando a Qaleraliq todo empezó a cambiar. La lluvia cesó de golpe y las nubes se abrieron para permitirnos disfrutar de los tres maravillosos frentes glaciares que enmarcaban el campamento en el que más tarde íbamos a desembarcar. Todavía recuerdo la suave marcha de la lancha para abrirse paso entre el mar helado, hasta casi postrarse ante las paredes de una inmensa lengua glaciar. El tronar de los seraks desprendiéndose, el intenso azul del hielo, el graznido de las gaviotas sobrevolándonos…ya no nos acordábamos del frío…habíamos llegado.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando desembarcamos en Fletanes, junto a unas rocas, y conocimos a quien más tarde se convertiría en otro de los indiscutibles protagonistas de nuestro viaje: Sergio Camacho. Tras mostrarnos la Yurta (tienda mongola que hacía las veces de área común para las cenas) y las dos tiendas en las que deberíamos pernoctar, soltamos nuestro equipaje y nos apresuramos a recorrer las inmediaciones del campamento. Paco, Marisa, Laura y Silvia se aventuraron hasta una cascada cercana y Laura, Rafa, Mónica y yo nos decidimos por un tranquilo paseo por la playa, sorteando los innumerables icebergs que la marea había abandonado en la arena hasta que volviera a rescatarlos más tarde. La temperatura era bastante fresca pero el cielo seguía despejándose y nuestros ánimos también.
Durante nuestra estancia en Fletanes la hora de la cena se había establecido a las ocho y media por lo que a las ocho ya estábamos todos en la Yurta ayudando en los preparativos. El menú era atractivo y sencillo: pasta, arroz y lentejas. Solo debíamos decidir el orden así que, para esa primera noche y por inmensa mayoría, nos decantamos por la pasta. A partir de las diez la temperatura empezaba a bajar rápida y brutalmente hasta casi alcanzar los cero grados. Pese a que la Yurta contaba con una pequeña estufa de gas que ayudaba a templar algo el ambiente, el frío se dejaba notar en nuestros cuerpos y tratábamos de sentarnos lo más juntos posible.
Si hay algo que no olvidaré nunca serán las sobremesas en la Yurta de Fletanes. Allí estábamos hasta cerca de las dos de la mañana, charlando, compartiendo risas, historias, tazas de té caliente y asomándonos de vez en cuando a ver si el cielo quería regalarnos la añorada aurora boreal. No hubo suerte, pero fue lo de menos.
Sinceramente creo que esta fue sin duda la noche más fría que pasamos en Groenlandia. Con el objetivo de dormir más cómodos, habíamos montado una pequeña tienda iglú, de tal forma que nos ubicamos Paco, Marisa, Laura y Silvia en una tienda, Laura y Rafa en otra y Mónica y yo en el iglú. Apenas entré en calor en toda la noche. Al principio me metí en el saco casi desnudo, con una camiseta y en calzoncillos, pero a los pocos minutos, no tuve más remedio que ponerme un polar, la braga al cuello, unos pantalones térmicos y unos calcetines de lana. Aterido de frío y abrazado a Mónica (habíamos unido los sacos) intentamos dormir, pero apenas lo conseguimos en toda la noche. Al menos pude disfrutar del intermitente e impresionante sonido de los seraks desprendiéndose de los glaciares que flanqueaban el campamento.
Tras acomodarnos en una vetusta furgoneta para bajar hasta el puerto, apenas a diez minutos del albergue, solo nos quedaba colocarnos las parkas rojas y los chalecos salvavidas y esperar impacientes la llegada de la lancha bajo una fina llovizna. El puerto estaba tranquilo y solo alcanzábamos a oír el suave quejido de los barcos de madera mecidos por el mar y el viento. Así fue como conocimos a Ulle, uno de los tres pilotos de la organización. Se trataba de un hombre joven, de ojos azules y pelo castaño claro, de ascendencia danesa pero rasgos abiertamente inuits. Vestía un chubasquero marrón, aparentemente fino, y unas grandes gafas opacas. Recuerdo que me llamó bastante la atención que durante casi todo el trayecto apenas se puso guantes para soportar el gélido viento que nos azotaba. Permaneció en pie, dirigiendo la lancha e impasible ante el frío.
El trayecto hasta Narsaq duró apenas una hora, tiempo durante el que pudimos comprobar lo que ya nos había comentado previamente Juan: toda la ropa que os pongáis será poca ya que el frío viento que golpea la lancha va poco a poco robando calor al cuerpo. Además, la intermitente lluvia contribuía a mojar nuestras ropas y acelerar la pérdida de calor.
Afortunada (o desafortunadamente) no tuvimos oportunidad de vivir un Foehn en ninguno de nuestros trayectos. El Foehn, frecuente en determinados valles y a sotavento de los grandes sistemas montañosos, se produce después de que un flujo húmedo haya cruzado una zona elevada condensando su humedad y provocando un aumento anormal de la temperatura y un incremento considerable de la velocidad y de las ráfagas de viento locales. En nuestro caso esto habría supuesto que tuviéramos que navegar empapados entre olas de tres y cuatro metros…hubiera sido divertido
Narsaq, con sus cerca de 1.700 habitantes, es una de las ciudades más importantes de Groenlandia y cuenta con museo, mercado esquimal, lonja de pescado, puerto de cazadores e iglesia. La verdad es que la primera impresión fue un tanto desacogedora, ya que durante la hora que estuvimos paseando por sus escarpadas calles no dejó de llover, lo que imposibilitaba recuperar algo del calor que habíamos perdido en el trayecto por el Tunulliarfik. En el transcurso de nuestro viaje tuvimos oportunidad de volver hasta dos veces más por allí y creo que no me equivoco si digo que al final hasta terminamos cogiéndole cariño. No en vano, allí compramos varios bricks de un más que aceptable vino chileno (cabernet sauvignon) que nos acompañaría en las cenas del campamento de Fletanes y Qassiarsuk.
El almuerzo fue de lo más pintoresco: todos de pie en torno a una empapada pequeña mesa de madera ubicada junto al puerto. Bajo una incesante lluvia intentamos dar buena cuenta de paté, pan pescador, salchichón, caballa, magro, frutos secos, queso, Nocilla y unas exquisitas galletas Digestive. Todo ello sin olvidarnos de los termos de café y té que completaban el menú que nos acompañaría para almorzar cada día en torno a la una y media.
Pese a la aparente aridez del paisaje, Groenlandia insistía constantemente en mostrarnos su gran riqueza animal y vegetal. Una pequeña flor silvestre de color azulado (la campanilla) hacía las delicias de todo el que se atreviera a probar sus dulces pétalos. Y los mosquitos no dudaban en acompañarnos allí donde íbamos. El aedes rearcticus puede llegar a formar monstruosos enjambres en los días más cálidos del verano ártico, cuando abandona los pantanos y los matorrales de salicaria. Son capaces de atravesar vaqueros, ropa interior y piel con tal de conseguir su objetivo. Aunque todos nosotros nos llevamos alguna que otra picadura, tuvimos la suerte de llegar cuando muchos de ellos estaban ya muriendo.
Sin apenas tiempo para nada mas, volvimos a acomodarnos en la lancha y proseguimos nuestro camino hasta el que ese día era nuestro destino final. Un campamento al que Juan se refería como “Fletanes” (pero que los locales llamaban Qaleraliq) y que todavía no sabíamos que iba a ser, sin ninguna duda, el plato fuerte de nuestro viaje. El paraíso.
Teníamos otra hora de ruta por delante y las previsiones no eran muy optimistas. Las nubes bajas apenas dejaban adivinar el imponente paisaje que nos rodeaba y la lluvia apretaba por momentos. La siguiente media hora se hizo bastante dura, una vez que el cuerpo empezaba a quejarse por la humedad, los botes de la lancha y el frío. Sin embargo según nos íbamos acercando a Qaleraliq todo empezó a cambiar. La lluvia cesó de golpe y las nubes se abrieron para permitirnos disfrutar de los tres maravillosos frentes glaciares que enmarcaban el campamento en el que más tarde íbamos a desembarcar. Todavía recuerdo la suave marcha de la lancha para abrirse paso entre el mar helado, hasta casi postrarse ante las paredes de una inmensa lengua glaciar. El tronar de los seraks desprendiéndose, el intenso azul del hielo, el graznido de las gaviotas sobrevolándonos…ya no nos acordábamos del frío…habíamos llegado.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando desembarcamos en Fletanes, junto a unas rocas, y conocimos a quien más tarde se convertiría en otro de los indiscutibles protagonistas de nuestro viaje: Sergio Camacho. Tras mostrarnos la Yurta (tienda mongola que hacía las veces de área común para las cenas) y las dos tiendas en las que deberíamos pernoctar, soltamos nuestro equipaje y nos apresuramos a recorrer las inmediaciones del campamento. Paco, Marisa, Laura y Silvia se aventuraron hasta una cascada cercana y Laura, Rafa, Mónica y yo nos decidimos por un tranquilo paseo por la playa, sorteando los innumerables icebergs que la marea había abandonado en la arena hasta que volviera a rescatarlos más tarde. La temperatura era bastante fresca pero el cielo seguía despejándose y nuestros ánimos también.
Durante nuestra estancia en Fletanes la hora de la cena se había establecido a las ocho y media por lo que a las ocho ya estábamos todos en la Yurta ayudando en los preparativos. El menú era atractivo y sencillo: pasta, arroz y lentejas. Solo debíamos decidir el orden así que, para esa primera noche y por inmensa mayoría, nos decantamos por la pasta. A partir de las diez la temperatura empezaba a bajar rápida y brutalmente hasta casi alcanzar los cero grados. Pese a que la Yurta contaba con una pequeña estufa de gas que ayudaba a templar algo el ambiente, el frío se dejaba notar en nuestros cuerpos y tratábamos de sentarnos lo más juntos posible.
Si hay algo que no olvidaré nunca serán las sobremesas en la Yurta de Fletanes. Allí estábamos hasta cerca de las dos de la mañana, charlando, compartiendo risas, historias, tazas de té caliente y asomándonos de vez en cuando a ver si el cielo quería regalarnos la añorada aurora boreal. No hubo suerte, pero fue lo de menos.
Sinceramente creo que esta fue sin duda la noche más fría que pasamos en Groenlandia. Con el objetivo de dormir más cómodos, habíamos montado una pequeña tienda iglú, de tal forma que nos ubicamos Paco, Marisa, Laura y Silvia en una tienda, Laura y Rafa en otra y Mónica y yo en el iglú. Apenas entré en calor en toda la noche. Al principio me metí en el saco casi desnudo, con una camiseta y en calzoncillos, pero a los pocos minutos, no tuve más remedio que ponerme un polar, la braga al cuello, unos pantalones térmicos y unos calcetines de lana. Aterido de frío y abrazado a Mónica (habíamos unido los sacos) intentamos dormir, pero apenas lo conseguimos en toda la noche. Al menos pude disfrutar del intermitente e impresionante sonido de los seraks desprendiéndose de los glaciares que flanqueaban el campamento.

