
El día amaneció soleado y sin una sola nube en el horizonte. Junto al campamento había dos pequeños riachuelos que resbalaban de los hielos polares hasta desembocar en el fiordo. Eran nuestros principales aliados para asearnos un poco por las mañanas, recoger agua, llenar las cantimploras y fregar los platos. Junto a ellos, se encontraba un improvisado baño y una ducha. El baño consistía en una caseta de plástico que encerraba la estructura de un water unida a una gran bolsa de basura. Con el objeto de provocar el menor impacto medioambiental posible (a estas latitudes el frío conserva cualquier desperdicio que se eche al terreno), se había decido montar este sistema, aunque a todos nos parecía poco higiénico. Una vez que la bolsa se llenaba de “líquidos” y “sólidos”, Sergio se encargaba de cambiarla por otra nueva, tratando la usada con productos químicos que disolvían las deposiciones. La verdad es que tras algún intento inicial casi todos nosotros terminamos recurriendo al monte para hacer nuestras necesidades (alejándonos los reglamentarios diez minutos de la zona del campamento, claro).
En cuanto a la ducha, se trataba de un pequeño barreño de agua que podías ir echándote a cacitos. La verdad es que yo no la utilicé en los tres días que estuvimos allí (Mónica sí), aunque sí me di dos baños inolvidables, que más tarde os contaré. Tras dar buena cuenta del desayuno (leche en polvo, zumo tang de naranja, té, café, tostadas con mermelada, mantequilla y galletas) nos dispusimos a preparar una pequeña mochila de ataque para afrontar nuestra anhelada incursión al hielo. Aunque el día animaba a ponerse alguna manga corta, era obligatorio vestir manga larga y guantes. Los accesos al Inlandis y los bordes de las lenguas glaciares están formados por un hielo duro e irregular en forma de cuchillas. No resbala en exceso, motivo por el cual no es necesario utilizar crampones si la pendiente no es muy pronunciada, pero cualquier descuido pude ser fatal: estamos andando sobre un mar de afilados cristales.
Después de un breve trayecto de apenas 10 minutos para cruzar el fiordo, desembarcamos junto a una morrena glaciar. Allí, Sergio, que es uno de los más importantes especialistas en hielo del mundo, nos comentó algunas curiosidades, aclaró las normas de seguridad y nos pusimos en marcha.Debido a la cantidad de hielo que bloqueaba la entrada del fiordo, la lancha que debería haber llegado a las diez de la mañana no consiguió alcanzar el campamento hasta más de las once.
En cualquier caso, los días en el verano ártico son muy largos por lo que estos retrasos no dificultaban la realización de ninguna de las marchas. Tan solo las acabábamos algo más tarde.
Después de un breve trayecto de apenas 10 minutos para cruzar el fiordo, desembarcamos junto a una morrena glaciar. Allí, Sergio nos comentó algunas curiosidades, aclaró las normas de seguridad y nos pusimos en marcha.
En el interior de Groenlandia se encuentra un gigantesco glaciar de dos millones de kilómetros cuadrados y tres kilómetros de profundidad: el Inlandis. Esta enorme extensión de hielo está rodeada por un cinturón litoral montañoso cuya costa es bañada por un mar que permanece helado casi todo el año. La roca sólo aflora cerca de la costa, donde el glaciar se fragmenta en lenguas de hielo que recuerdan a los glaciares de valle. Durante el verano, desde el lugar donde estas lenguas alcanzan el mar, se desgajan pedazos de hielo de diversos tamaños y se forman los icebergs.
Los glaciares son masas de hielo que, bajo la acción de la gravedad, se mueven desde la zona de acumulación a la zona de ablación, donde el hielo abandona el sistema por fusión, evaporación o formación de icebergs. De los 33 millones de kilómetros cúbicos de hielo glacial, más de 90 por ciento está en Groenlandia y la Antártida, por lo que constituyen la reserva más grande de agua dulce del planeta.
Por su temperatura, los glaciares se clasifican en templados, donde la temperatura del hielo se acerca al punto de fusión, y polares, donde el hielo se mantiene a una temperatura menor a los cero grados centígrados. Cuando la acumulación de hielo es muy importante, los cristales continúan creciendo y el aire es expulsado casi por completo, obteniéndose así el color azul característico de los glaciares.
Cuando los glaciares se acercan a las escarpadas costas, se produce el denominado deslizamiento basal: la masa de hielo, en bloque, se desplaza sobre el fondo. En la base del glaciar puede existir una película de agua líquida que reduce el rozamiento facilitando el movimiento del hielo sobre el sustrato rocoso. La precipitación del hielo sobre el mar se produce también por el efecto “Calvin”. El agua va poco a poco desgastando la superficie del hielo en su base generando pequeñas “terrazas” de hielo que terminan precipitándose cuando ya no pueden resistir su propio peso.
Durante nuestro recorrido tuvimos la oportunidad de caminar sobre puentes de hielo, asomarnos a enormes sumideros de decenas de metros de profundidad, ver un caudaloso río glaciar y disfrutar de un merecido almuerzo en un Nunatak o isla de roca aislada entre el hielo. El descenso fue más cómodo de lo que pensábamos y a las cuatro ya nos encontrábamos de regreso en el campamento.
Teníamos toda la tarde por delante y un gran objetivo: darnos un baño en las gélidas aguas que nos rodeaban. Animados por Juan, los primeros en decidirse fueron Julio y Rafa. Luego fue Laura la que se lanzó. Yo dude un poco porque no me encontraba muy bien del estómago, pero no podía dejar pasar esa oportunidad. En cuanto les vi en el agua, me desvestí y corrí a darme el ansiado baño. La temperatura del agua era aproximadamente de 1 grado y el límite de hipotermia no superaba los 3 minutos.

Apenas aguantamos 30 segundos pero fueron suficientes para experimentar un frío intensísimo, como si miles de afilados cuchillos se nos clavaran en la piel. Apenas sin respiración, entre ahogados gritos de dolor y rodeados de icebergs, salimos del agua tratando de buscar algo de consuelo en el cálido sol que a esa hora caía sobre el campamento.
El resto de la tarde transcurrió tranquila, disfrutando del silencio de la naturaleza y de algún que otro paseo por los lagos que rodeaban el campamento. Paco, Rafa y Laura se animaron a pescar, pero la verdad es que no tuvieron mucha suerte. El salmón ártico se hacía de rogar y la pesca con cucharilla no era tan sencilla como habíamos pensado. En cualquier caso pasamos un buen rato y nos echamos unas risas con los repetidos y frustrados intentos de nuestros decididos pescadores.
Esa noche tuvimos invitados para la cena: Sergio y Jorge (un voluntario que pensaba pasar allí dos meses echando una mano) se decidieron a compartir mesa con nosotros, sorprendidos del buen ambiente que reinaba en el grupo. Tocaba arroz así que dejamos que Paco y Mónica (con la dirección de Marisa) se pusieran manos a la obra. Paco dirigía con decisión la animada Yurta, mandaba a cada uno ocupar su sitio en la mesa, repartía el vino e iba sirviendo los platos. La sobremesa fue tremendamente animada, con conversaciones cruzadas y sorprendentes trucos de magia. Uno de los que más nos llamaron la atención (y que aun a día de hoy sigo sin creerme) fue el de levantar a alguien con sólo dos dedos: cuatro voluntarios se colocan a cada lado de una persona sentada y tras realizar un breve ritual con las manos sobre su cabeza consiguen levantarlo sin apenas esfuerzo. Aun recuerdo las risas y las caras de incredulidad de Juan, Sergio, Jorge, Rafa…Juan se reveló como un maestro de los trucos de cartas y nos sorprendió a todos con varios juegos de manos. Así, entre risas y acompañados por nuestra inseparable taza de té caliente, nos dieron nuevamente las tantas de la mañana. La aurora boreal tampoco se presentó esa noche, así que decidimos irnos a la cama. Juan dormía con su saco en el suelo de la propia Yurta. Y en esta ocasión, y dado el frío que habíamos pasado el día anterior, Rafa, Laura, Mónica y yo decidimos dormir juntos en una de las tiendas.
Nuestros sacos no eran de alta montaña y el de Rafa tampoco soportaba temperaturas muy bajas, así que pensamos que estando los cuatro acurrucados en la tienda sería más fácil entrar en calor. Acompañados por el sonido del hielo precipitándose al fiordo nos quedamos dormidos