30.4.08

Memorias de Groenlandia (y 7)

El adiós

Nunca me han gustado las despedidas. Cada vez que me enfrento a una de ellas me da la sensación de que la vida en una sucesión de despedidas a gentes y lugares a los que queremos. De nuestras últimas horas en Groenlandia me gustaría recordar dos detalles: la última cena, todo un festín de productos típicos de la tierra con carne de foca y ballena, pescado seco y grasa de foca; y nuestra despedida de Juan. El destino quiso que cuando llegó al aeropuerto ya nos hubieran obligado a embarcar. Nos vio a través del cristal y todos corrimos a su encuentro. Fueron apenas unos segundos y nos fue imposible darle un abrazo de hasta luego, pero a algunos se nos llenaron los ojos de lágrimas cuando se toco el corazón, nos señaló con el dedo y se dio media vuelta para poner el punto final a nuestro viaje. El viaje del bueno de Manrique y una isla llamada Groenlandia.



Memorias de Groenlandia (6)


Nuestros últimos días en tierras Groenlandesas las pasamos en Qassiarsuk. El albergue, sede central de Tierras Polares en el país, era muy acogedor, con una preciosa terraza de madera con vistas al fiordo Tunulliarfik, un amplio salón con decenas de libros de viaje y juegos de mesa y un baño común donde darse la primera ducha en 3 días.

Qassiarsuk es uno de los enclaves más importantes del sur de Groenlandia. Alberga las ruinas de la iglesia y el asentamiento de Eric el Rojo, que conforman el antiguo Brathalid, la capital de la Groenlandia vikinga y el lugar donde Erik se asentó en el año 985, al comienzo de la colonización vikinga.

El caudillo vikingo Erik el Rojo fue desterrado de Islandia y emprendió viaje hacia el oeste, ya que se comentaba que un comerciante llamado Gunnbjorn Ulf-Krakason, arrastrado por las tormentas, había avistado unos islotes y una vasta tierra. En el 981 descubrió Groenlandia y la exploró durante tres años, regresando a Islandia a reclutar colonos. En el año 985, veinticinco embarcaciones cargadas de colonos islandeses, emprendieron el viaje definitivo a Groenlandia, pero solo cuatrocientas personas llegaron a destino.

Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, continuó la tarea de colonización hacia el oeste iniciada por su padre. Alrededor del año 1000 pasó un invierno en una tierra a la que denominó Vinland. Su campamento constituiría el primer asentamiento europeo en América, quinientos años antes que Cristobal Colón. Los vikingos permanecieron en Groenlandia hasta el siglo XV, cuando desaparecieron sin dejar apenas rastro. Los motivos siguen siendo aún hoy día un misterio.

Durante las noches, aunque alejadas del añorado espíritu de Fletanes, no faltaba la animada conversación y las risas sobre las anécdotas del día. La primera de ellas la recuerdo como la de “la caza de moscas”. Dormíamos los ocho juntos en una amplia habitación de literas cuando, tras una de las cortinas, descubrimos un nido con decenas de moscas. A Rafa y a mí no nos quedó más remedio que “jugarnos la vida” y ponernos manos a la obra para abatirlas a todas antes de echarnos a descansar.

El buen tiempo que nos había acompañado durante las jornadas anteriores desapareció por completo y volvimos a ver la cara menos amable de Groenlandia. El viento y la lluvia no nos abandonó un momento en nuestras marchas a pie por los alrededores. La buena sintonía entre todos nosotros se había reforzado con el paso de los días. Ni siquiera las largas caminatas (de más de 8 y 9 horas), la lluvia y el frío abatían nuestro ánimo y nos pasábamos las horas charlando y riendo.


La ascensión a Tasiusaq y la marcha por el Valle de las Mil Flores hasta el glaciar Kiattut estuvieron marcadas por la imponente presencia de la naturaleza y por dos personajes tremendamente curiosos. Javier Knorr, un hombre de mediana edad que pensaba pasar un mes en una tienda tradicional inuit y que se empeñaba (inútilmente) en asfaltarla, y “Spiderman” un animoso padre de familia que había conducido a sus hijos monte arriba hasta que ya no era capaz de moverse. El pobre hombre era todo un dechado de virtudes y apenas parecía capaz de mantener el equilibrio en terreno estable. Si no llega a ser por Juan, que se prestó a incluirles en el grupo por ese día, quien sabe que habría sido de ellos.

Bajo la lluvia y tras un entretenido descenso con cuerdas, regresábamos al campamento y el viaje tocaba a su fin. Atrás quedaban todas esas marchas a pie, todas esas cenas, las noches en espera de la ansiada aurora boreal, los fríos trayectos en lancha, la plácida curiosidad de aquel pequeño zorro ártico que rondaba en torno a nuestras tiendas, los arándanos que amenizaban nuestras rutas, las partidas de parchís en el Leif Eriksson, los posados al estilo “Obregón” de cierto personaje, los espectaculares “giros” de los icebergs cuando se desestabilizaban en el agua, los gritos de un aterrado padre de familia a su hijo Darwin, los debates sobre el cambio climático, las divertidas caras de Otto cuando no nos abrochábamos bien el chaleco, el buen vino al que nos invitaron en el albergue y la compañía de los buenos amigos.

29.4.08

Memorias de Groenlandia (5)


Tocaba decir adiós a Fletanes. Nos quedaba todavía medio viaje por delante pero en el fondo todos sabíamos que nada superaría aquello. Habíamos tenido el privilegio de disfrutar de uno de los más recónditos lugares del planeta y eso lo llevaríamos con nosotros para siempre.

Al anochecer, cuando tras la cena bajábamos al río a lavar los platos y los útiles de cocina, ateridos de frío y con las manos sumergidas en las gélidas aguas, nos reíamos. Paco solía decir entre carcajadas “cualquiera que me vea…a las once de la noche lavando los platos en un río y muerto de frío…tras haber pagado 2 millones de pesetas por el viaje”. Todos pensábamos lo mismo, pero no tengo ninguna duda de que volveríamos a pagarlos con gusto.

Recogimos rápidamente y a las diez embarcamos nuevamente en la lancha. Al ponernos en marcha muchos volvimos la cabeza hacia atrás, para echar una última y furtiva mirada y corresponder a Sergio y Jorge, que nos despedían, brazo en alto, desde la costa. Había que pasar página y ver qué más nos deparaba Groenlandia.

En esta ocasión nuestro conductor no era Ulle sino Otto, un hombre de mediana edad, curtido por el frío y con rasgos marcadamente inuits. Era capitán de barco y tenía un carácter algo especial pero no tardamos en cogerle cariño y aceptar sus excentricidades (a Juan le volvía loco con los nudos que tenía que hacer con los cabos y en más de una ocasión tuvo que aguantar alguna que otra bronca).

Navegando entre icebergs y ataviados con nuestras inseparables parkas rojas nos dirigimos hasta Tasiusaq. Para llegar hasta allí debíamos atravesar el fiordo Sermilik, que casi siempre se encuentra bloqueado por las ingentes masas de hilo que se desprenden del glaciar Eqaloruutsit. Nuestro intento no prosperó pero la experiencia mereció la pena. Mónica tuvo la oportunidad de pilotar la lancha durante un tramo, pero el primer aviso de que en el ártico las cosas nunca son tan sencillas como parecen nos lo dio una red de pescadores. El motor la enganchó y estuvimos arrastrándolas durante algún tiempo hasta que la hélice se trabó. Juan y Otto tardaron más de quince minutos en liberar los motores y no tuvieron más remedio que cortar las redes. Afortunadamente pudimos volver a poner la lancha en movimiento, que había quedado a la deriva rodeada de hielo.

Durante más de una hora estuvimos navegando entre icebergs de las mas caprichosas formas y tamaños, reduciendo la velocidad de la marcha e incluso empujando algunos de ellos para abrirnos camino entre un mar de hielo cada vez más cerrado.


Apenas a 20 minutos de alcanzar nuestro destino quedamos bloqueados por el hielo. No parecía haber manera de cruzar el fiordo y Otto decidió acercarse a un saliente rocoso desde el que observar el mar helado, intentando encontrar una fisura. Tras más de media hora buscando alguna grieta sin éxito, ante la mirada curiosa de algunas focas, nos apresuramos a dar la vuelta antes de que la rápida bajada de la marea hiciera prisionera a la lancha entre las rocas. El camino de regreso resultó también toda una aventura ya que el hielo a nuestras espaldas se había estado cerrando y a punto estuvimos de quedar allí aislados.

El cambio de planes nos obligó a olvidarnos de Tasiusaq y poner nuestras miradas en el idílico Igaliko. El trayecto era todavía bastante largo y tras más de una hora soportando el gélido viento que azotaba la lancha, el frío se había adueñado ya de nuestros cuerpos. Decidimos hacer un alto en Narsaq. Aquella población triste y gris que habíamos conocido se había convertido en un animado poblado, de colores verdes y rojizos, por lo que pudimos disfrutar de un agradable paseo y un sosegado almuerzo en el puerto, antes de proseguir camino.

Igaliko es un pequeño poblado esquimal de apenas 40 habitantes con fama de ser la población más bella de toda Groenlandia. Alberga las ruinas de Gardar, el arzobispado y capital religiosa de la Groenlandia vikinga. La mayor dificultad nos la encontramos en el acceso al puerto, donde tuvimos que ascender una empinada escalera hasta la plataforma. Posteriormente, el suave ritmo de la marcha por el Kongevejen o “sendero de los reyes”, la quietud del valle y la temperatura, invitaba a la conversación. Eran las siete y media de la tarde cuando Otto, que venía exultante porque su hija había quedado campeona del campeonato de futbol femenino groenlandés, volvió a recogernos. Empezaba a bajar la temperatura.

Aunque el día había sido muy completo, la jornada todavía nos deparaba una sorpresa. En nuestro trayecto a Qassiarsuk nos adentramos en el Qooroq, uno de los fiordos de más complicado acceso en todo el sur de Groenlandia debido a la cantidad de hielo que suelta el glaciar que lo flanquea. Como era de esperar, nos fue imposible recorrer apenas unos metros, pero la estampa de aquel atardecer en el mar rodeados de inmensos icebergs (algunos como edificios de varias plantas) nos reconfortó a todos el espíritu y nos enfrentó nuevamente cara a cara con la sublime belleza del ártico.

Memorias de Groenlandia (4)


Para nuestra sorpresa, el tercer día en Fletanes también amaneció frío y soleado. Groenlandia nos quería dejar disfrutar al máximo de un entorno tan maravilloso. Tras asearnos un poco en el río y tomar nuestro merecido desayuno nos pusimos en marcha. Tocaba ascensión al lago de Tasersuatsiaq para disfrutar de unas inmejorables vistas del Inlandis.

La marcha fue tremendamente espectacular, ya que a los pocos minutos de salir del campamento y ascender unas pronunciadas dunas, nos dispusimos a cruzar un vasto valle de arena en el que pastaban algunas manadas de Caribús (renos salvajes). El valle acababa en un inmenso lago glaciar de aguas cristalinas, donde hicimos una primera parada para disfrutar del silencio y reponer fuerzas.

A partir de ahí, el paisaje cambiaba radicalmente y la arena dejaba paso a un valle verde y frondoso por el que ascendimos hasta la cima de una de las montañas que flanqueaban el fiordo.


Allí, absortos en la majestuosa visión del Inlandis y el hielo infinito que se extiende hasta la costa norte de la isla, comimos y nos echamos una siesta. Aunque la temperatura era bastante fresca en la cima, al iniciar la bajada y sentirnos arropados por el valle y la tundra, empezamos a madurar la idea de darnos un baño en el lago que habíamos cruzado esa mañana.

El agua estaba fría, muy fría, pero tras haber superado la prueba del día anterior, no nos costó en exceso darnos un refrescante chapuzón. Esta vez, el más decidido fue Paco, que sin pensárselo dos veces se desnudó y se lanzó al agua. Tras él fuimos Rafa, Julio, Laura y yo. Juan tardó un poco en entrar pero luego nos regaló una de las estampas más divertidas de la jornada ya que se quedó sumergido durante más de diez minutos, inmóvil y con apenas la cabeza fuera del agua.

Nos había costado más de ocho horas, pero ya estábamos de vuelta en el campamento. Había merecido la pena. Aunque ninguno quería hablar abiertamente de ello, todos éramos conscientes de que se trataba de nuestra última tarde en aquel enclave tan especial. Así que cada uno se dispuso a disfrutarla de la mejor manera posible. Mónica y yo nos dimos un nuevo paseo por la playa, Paco, Juan, Marisa, Laura y Silvia, se sentaron en esa terraza improvisada en la que convertíamos la entrada de la Yurta cuando sacábamos las sillas y Rafa y Laura se decidieron por recorrer la zona de los lagos.

Era viernes noche y tocaba lentejas. Laura se había ofrecido desinteresadamente a cocinarlas para nosotros, así que mientras regresaba de su paseo con Rafa y Mónica, los demás iniciamos los preparativos: cebolla, jamón y patata debidamente troceada. La verdad es que le salieron exquisitas.

Animados por el buen “rollo” del día anterior, Sergio y Jorge se apuntaron nuevamente a compartir la cena y la Yurta con nosotros, aunque en este caso, ellos se decidieron por cenar algo de arroz y un sabroso pan que elaboraron allí mismo. El caso de Juan no dejaba de sorprendernos a todos. Era fuerte, muy fuerte, pero se alimentaba exclusivamente de arroz, pasta y algo de té. Al ser vegetariano (no comía carne ni pescado) aquello parecía ser suficiente para él.

En cualquier caso lo que sí era cierto es que aquella persona aparentemente tímida que habíamos conocido en Narsarsuaq hacía cuatro días se había convertido ya en un amigo. La contagiosa risa de Laura parecía animarle a contarnos sus aventuras en la India (donde había estado viviendo durante más de siete años) así como historias de su infancia. Dos de ellas se convertirían en una de las anécdotas del viaje: el truco de magia de los payasos con el niño cortado en dos pataleando y el pobre Manrique y su bracito.

La verdad es que aquella noche empezamos a conocer a Juan mucho mejor. Nos mostró su lado más místico, fruto de su larga estancia en la India. Nos contó el significado de alguno de sus tatuajes (la cara de Marta ocupaba su hombro izquierdo) así como la historia de una anciana que conoció hace años y con la que mantuvo una relación algo especial. A su juicio, las personas que le parecen interesantes no son las de caras perfectas y artificiales sino las que muestran las arrugas de la vida, las que demuestran que tienen mucho que contar y, por tanto, es posible aprender a su lado.

Nuevamente fuimos estirando la sobremesa, aferrados a nuestra taza de té caliente y envueltos en una sincera conversación. Al final de la noche, Sergio también se decidió a contarnos algunas de sus experiencias como guía de ascensiones al Aconcagua o de las rutas en kayak que organizaba en Argentina y Chile, donde vivía más de 8 meses al año. La polémica sobre si considerar doping o no la toma de oxígeno para ascender un “ochomil” también avivó el debate.

Así, cansados pero resistiendo la tentación de irnos a la cama, nos dieron las dos y media de la mañana. Aunque no lo parezca, ese era uno de los momentos más duros. La temperatura no superaba los cero grados y aunque en la Yurta se estaba relativamente cómodo, era imposible no tener el cuerpo destemplado. Por eso, la entrada en la gélida tienda de campaña, los minutos que tardábamos en desnudarnos y ponernos las camisetas térmicas con las que dormíamos y los primeros instantes tratando de calentar el saco, eran pavorosos. Afortunadamente esa noche estábamos los cuatro muy animados y las carcajadas recordando alguna de las historias que habíamos escuchado durante la noche, nos hicieron entrar rápidamente en calor.

4.4.08

Memorias de Groenlandia (3)


El día amaneció soleado y sin una sola nube en el horizonte. Junto al campamento había dos pequeños riachuelos que resbalaban de los hielos polares hasta desembocar en el fiordo. Eran nuestros principales aliados para asearnos un poco por las mañanas, recoger agua, llenar las cantimploras y fregar los platos. Junto a ellos, se encontraba un improvisado baño y una ducha. El baño consistía en una caseta de plástico que encerraba la estructura de un water unida a una gran bolsa de basura. Con el objeto de provocar el menor impacto medioambiental posible (a estas latitudes el frío conserva cualquier desperdicio que se eche al terreno), se había decido montar este sistema, aunque a todos nos parecía poco higiénico. Una vez que la bolsa se llenaba de “líquidos” y “sólidos”, Sergio se encargaba de cambiarla por otra nueva, tratando la usada con productos químicos que disolvían las deposiciones. La verdad es que tras algún intento inicial casi todos nosotros terminamos recurriendo al monte para hacer nuestras necesidades (alejándonos los reglamentarios diez minutos de la zona del campamento, claro).

En cuanto a la ducha, se trataba de un pequeño barreño de agua que podías ir echándote a cacitos. La verdad es que yo no la utilicé en los tres días que estuvimos allí (Mónica sí), aunque sí me di dos baños inolvidables, que más tarde os contaré. Tras dar buena cuenta del desayuno (leche en polvo, zumo tang de naranja, té, café, tostadas con mermelada, mantequilla y galletas) nos dispusimos a preparar una pequeña mochila de ataque para afrontar nuestra anhelada incursión al hielo. Aunque el día animaba a ponerse alguna manga corta, era obligatorio vestir manga larga y guantes. Los accesos al Inlandis y los bordes de las lenguas glaciares están formados por un hielo duro e irregular en forma de cuchillas. No resbala en exceso, motivo por el cual no es necesario utilizar crampones si la pendiente no es muy pronunciada, pero cualquier descuido pude ser fatal: estamos andando sobre un mar de afilados cristales.

Después de un breve trayecto de apenas 10 minutos para cruzar el fiordo, desembarcamos junto a una morrena glaciar. Allí, Sergio, que es uno de los más importantes especialistas en hielo del mundo, nos comentó algunas curiosidades, aclaró las normas de seguridad y nos pusimos en marcha.Debido a la cantidad de hielo que bloqueaba la entrada del fiordo, la lancha que debería haber llegado a las diez de la mañana no consiguió alcanzar el campamento hasta más de las once.

En cualquier caso, los días en el verano ártico son muy largos por lo que estos retrasos no dificultaban la realización de ninguna de las marchas. Tan solo las acabábamos algo más tarde.

Después de un breve trayecto de apenas 10 minutos para cruzar el fiordo, desembarcamos junto a una morrena glaciar. Allí, Sergio nos comentó algunas curiosidades, aclaró las normas de seguridad y nos pusimos en marcha.

En el interior de Groenlandia se encuentra un gigantesco glaciar de dos millones de kilómetros cuadrados y tres kilómetros de profundidad: el Inlandis. Esta enorme extensión de hielo está rodeada por un cinturón litoral montañoso cuya costa es bañada por un mar que permanece helado casi todo el año. La roca sólo aflora cerca de la costa, donde el glaciar se fragmenta en lenguas de hielo que recuerdan a los glaciares de valle. Durante el verano, desde el lugar donde estas lenguas alcanzan el mar, se desgajan pedazos de hielo de diversos tamaños y se forman los icebergs.

Los glaciares son masas de hielo que, bajo la acción de la gravedad, se mueven desde la zona de acumulación a la zona de ablación, donde el hielo abandona el sistema por fusión, evaporación o formación de icebergs. De los 33 millones de kilómetros cúbicos de hielo glacial, más de 90 por ciento está en Groenlandia y la Antártida, por lo que constituyen la reserva más grande de agua dulce del planeta.

Por su temperatura, los glaciares se clasifican en templados, donde la temperatura del hielo se acerca al punto de fusión, y polares, donde el hielo se mantiene a una temperatura menor a los cero grados centígrados. Cuando la acumulación de hielo es muy importante, los cristales continúan creciendo y el aire es expulsado casi por completo, obteniéndose así el color azul característico de los glaciares.

Cuando los glaciares se acercan a las escarpadas costas, se produce el denominado deslizamiento basal: la masa de hielo, en bloque, se desplaza sobre el fondo. En la base del glaciar puede existir una película de agua líquida que reduce el rozamiento facilitando el movimiento del hielo sobre el sustrato rocoso. La precipitación del hielo sobre el mar se produce también por el efecto “Calvin”. El agua va poco a poco desgastando la superficie del hielo en su base generando pequeñas “terrazas” de hielo que terminan precipitándose cuando ya no pueden resistir su propio peso.

Durante nuestro recorrido tuvimos la oportunidad de caminar sobre puentes de hielo, asomarnos a enormes sumideros de decenas de metros de profundidad, ver un caudaloso río glaciar y disfrutar de un merecido almuerzo en un Nunatak o isla de roca aislada entre el hielo. El descenso fue más cómodo de lo que pensábamos y a las cuatro ya nos encontrábamos de regreso en el campamento.

Teníamos toda la tarde por delante y un gran objetivo: darnos un baño en las gélidas aguas que nos rodeaban. Animados por Juan, los primeros en decidirse fueron Julio y Rafa. Luego fue Laura la que se lanzó. Yo dude un poco porque no me encontraba muy bien del estómago, pero no podía dejar pasar esa oportunidad. En cuanto les vi en el agua, me desvestí y corrí a darme el ansiado baño. La temperatura del agua era aproximadamente de 1 grado y el límite de hipotermia no superaba los 3 minutos.



Apenas aguantamos 30 segundos pero fueron suficientes para experimentar un frío intensísimo, como si miles de afilados cuchillos se nos clavaran en la piel. Apenas sin respiración, entre ahogados gritos de dolor y rodeados de icebergs, salimos del agua tratando de buscar algo de consuelo en el cálido sol que a esa hora caía sobre el campamento.

El resto de la tarde transcurrió tranquila, disfrutando del silencio de la naturaleza y de algún que otro paseo por los lagos que rodeaban el campamento. Paco, Rafa y Laura se animaron a pescar, pero la verdad es que no tuvieron mucha suerte. El salmón ártico se hacía de rogar y la pesca con cucharilla no era tan sencilla como habíamos pensado. En cualquier caso pasamos un buen rato y nos echamos unas risas con los repetidos y frustrados intentos de nuestros decididos pescadores.

Esa noche tuvimos invitados para la cena: Sergio y Jorge (un voluntario que pensaba pasar allí
dos meses echando una mano) se decidieron a compartir mesa con nosotros, sorprendidos del buen ambiente que reinaba en el grupo. Tocaba arroz así que dejamos que Paco y Mónica (con la dirección de Marisa) se pusieran manos a la obra. Paco dirigía con decisión la animada Yurta, mandaba a cada uno ocupar su sitio en la mesa, repartía el vino e iba sirviendo los platos. La sobremesa fue tremendamente animada, con conversaciones cruzadas y sorprendentes trucos de magia. Uno de los que más nos llamaron la atención (y que aun a día de hoy sigo sin creerme) fue el de levantar a alguien con sólo dos dedos: cuatro voluntarios se colocan a cada lado de una persona sentada y tras realizar un breve ritual con las manos sobre su cabeza consiguen levantarlo sin apenas esfuerzo. Aun recuerdo las risas y las caras de incredulidad de Juan, Sergio, Jorge, Rafa…Juan se reveló como un maestro de los trucos de cartas y nos sorprendió a todos con varios juegos de manos. Así, entre risas y acompañados por nuestra inseparable taza de té caliente, nos dieron nuevamente las tantas de la mañana. La aurora boreal tampoco se presentó esa noche, así que decidimos irnos a la cama. Juan dormía con su saco en el suelo de la propia Yurta. Y en esta ocasión, y dado el frío que habíamos pasado el día anterior, Rafa, Laura, Mónica y yo decidimos dormir juntos en una de las tiendas.

Nuestros sacos no eran de alta montaña y el de Rafa tampoco soportaba temperaturas muy bajas, así que pensamos que estando los cuatro acurrucados en la tienda sería más fácil entrar en calor. Acompañados por el sonido del hielo precipitándose al fiordo nos quedamos dormidos

26.3.08

Memorias de Groenlandia (2)



Ya fuera por esa implacable luz que se colaba en la habitación desde las cuatro de la mañana o por el deseo de que llegaran las once para iniciar nuestro viaje, la verdad es que apenas pude aguantar en el saco más allá de las ocho. Habíamos quedado a las nueve y media para desayunar, así que pase todo ese tiempo leyendo y mirando por la ventana un cielo oscuro y lluvioso, añorando el sol que nos había acompañado durante toda la tarde anterior.

Tras acomodarnos en una vetusta furgoneta para bajar hasta el puerto, apenas a diez minutos del albergue, solo nos quedaba colocarnos las parkas rojas y los chalecos salvavidas y esperar impacientes la llegada de la lancha bajo una fina llovizna. El puerto estaba tranquilo y solo alcanzábamos a oír el suave quejido de los barcos de madera mecidos por el mar y el viento. Así fue como conocimos a Ulle, uno de los tres pilotos de la organización. Se trataba de un hombre joven, de ojos azules y pelo castaño claro, de ascendencia danesa pero rasgos abiertamente inuits. Vestía un chubasquero marrón, aparentemente fino, y unas grandes gafas opacas. Recuerdo que me llamó bastante la atención que durante casi todo el trayecto apenas se puso guantes para soportar el gélido viento que nos azotaba. Permaneció en pie, dirigiendo la lancha e impasible ante el frío.

El trayecto hasta Narsaq duró apenas una hora, tiempo durante el que pudimos comprobar lo que ya nos había comentado previamente Juan: toda la ropa que os pongáis será poca ya que el frío viento que golpea la lancha va poco a poco robando calor al cuerpo. Además, la intermitente lluvia contribuía a mojar nuestras ropas y acelerar la pérdida de calor.

Afortunada (o desafortunadamente) no tuvimos oportunidad de vivir un Foehn en ninguno de nuestros trayectos. El Foehn, frecuente en determinados valles y a sotavento de los grandes sistemas montañosos, se produce después de que un flujo húmedo haya cruzado una zona elevada condensando su humedad y provocando un aumento anormal de la temperatura y un incremento considerable de la velocidad y de las ráfagas de viento locales. En nuestro caso esto habría supuesto que tuviéramos que navegar empapados entre olas de tres y cuatro metros…hubiera sido divertido

Narsaq, con sus cerca de 1.700 habitantes, es una de las ciudades más importantes de Groenlandia y cuenta con museo, mercado esquimal, lonja de pescado, puerto de cazadores e iglesia. La verdad es que la primera impresión fue un tanto desacogedora, ya que durante la hora que estuvimos paseando por sus escarpadas calles no dejó de llover, lo que imposibilitaba recuperar algo del calor que habíamos perdido en el trayecto por el Tunulliarfik. En el transcurso de nuestro viaje tuvimos oportunidad de volver hasta dos veces más por allí y creo que no me equivoco si digo que al final hasta terminamos cogiéndole cariño. No en vano, allí compramos varios bricks de un más que aceptable vino chileno (cabernet sauvignon) que nos acompañaría en las cenas del campamento de Fletanes y Qassiarsuk.

El almuerzo fue de lo más pintoresco: todos de pie en torno a una empapada pequeña mesa de madera ubicada junto al puerto. Bajo una incesante lluvia intentamos dar buena cuenta de paté, pan pescador, salchichón, caballa, magro, frutos secos, queso, Nocilla y unas exquisitas galletas Digestive. Todo ello sin olvidarnos de los termos de café y té que completaban el menú que nos acompañaría para almorzar cada día en torno a la una y media.

Pese a la aparente aridez del paisaje, Groenlandia insistía constantemente en mostrarnos su gran riqueza animal y vegetal. Una pequeña flor silvestre de color azulado (la campanilla) hacía las delicias de todo el que se atreviera a probar sus dulces pétalos. Y los mosquitos no dudaban en acompañarnos allí donde íbamos. El aedes rearcticus puede llegar a formar monstruosos enjambres en los días más cálidos del verano ártico, cuando abandona los pantanos y los matorrales de salicaria. Son capaces de atravesar vaqueros, ropa interior y piel con tal de conseguir su objetivo. Aunque todos nosotros nos llevamos alguna que otra picadura, tuvimos la suerte de llegar cuando muchos de ellos estaban ya muriendo.

Sin apenas tiempo para nada mas, volvimos a acomodarnos en la lancha y proseguimos nuestro camino hasta el que ese día era nuestro destino final. Un campamento al que Juan se refería como “Fletanes” (pero que los locales llamaban Qaleraliq) y que todavía no sabíamos que iba a ser, sin ninguna duda, el plato fuerte de nuestro viaje. El paraíso.

Teníamos otra hora de ruta por delante y las previsiones no eran muy optimistas. Las nubes bajas apenas dejaban adivinar el imponente paisaje que nos rodeaba y la lluvia apretaba por momentos. La siguiente media hora se hizo bastante dura, una vez que el cuerpo empezaba a quejarse por la humedad, los botes de la lancha y el frío. Sin embargo según nos íbamos acercando a Qaleraliq todo empezó a cambiar. La lluvia cesó de golpe y las nubes se abrieron para permitirnos disfrutar de los tres maravillosos frentes glaciares que enmarcaban el campamento en el que más tarde íbamos a desembarcar. Todavía recuerdo la suave marcha de la lancha para abrirse paso entre el mar helado, hasta casi postrarse ante las paredes de una inmensa lengua glaciar. El tronar de los seraks desprendiéndose, el intenso azul del hielo, el graznido de las gaviotas sobrevolándonos…ya no nos acordábamos del frío…habíamos llegado.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando desembarcamos en Fletanes, junto a unas rocas, y conocimos a quien más tarde se convertiría en otro de los indiscutibles protagonistas de nuestro viaje: Sergio Camacho. Tras mostrarnos la Yurta (tienda mongola que hacía las veces de área común para las cenas) y las dos tiendas en las que deberíamos pernoctar, soltamos nuestro equipaje y nos apresuramos a recorrer las inmediaciones del campamento. Paco, Marisa, Laura y Silvia se aventuraron hasta una cascada cercana y Laura, Rafa, Mónica y yo nos decidimos por un tranquilo paseo por la playa, sorteando los innumerables icebergs que la marea había abandonado en la arena hasta que volviera a rescatarlos más tarde. La temperatura era bastante fresca pero el cielo seguía despejándose y nuestros ánimos también.

Durante nuestra estancia en Fletanes la hora de la cena se había establecido a las ocho y media por lo que a las ocho ya estábamos todos en la Yurta ayudando en los preparativos. El menú era atractivo y sencillo: pasta, arroz y lentejas. Solo debíamos decidir el orden así que, para esa primera noche y por inmensa mayoría, nos decantamos por la pasta. A partir de las diez la temperatura empezaba a bajar rápida y brutalmente hasta casi alcanzar los cero grados. Pese a que la Yurta contaba con una pequeña estufa de gas que ayudaba a templar algo el ambiente, el frío se dejaba notar en nuestros cuerpos y tratábamos de sentarnos lo más juntos posible.

Si hay algo que no olvidaré nunca serán las sobremesas en la Yurta de Fletanes. Allí estábamos hasta cerca de las dos de la mañana, charlando, compartiendo risas, historias, tazas de té caliente y asomándonos de vez en cuando a ver si el cielo quería regalarnos la añorada aurora boreal. No hubo suerte, pero fue lo de menos.

Sinceramente creo que esta fue sin duda la noche más fría que pasamos en Groenlandia. Con el objetivo de dormir más cómodos, habíamos montado una pequeña tienda iglú, de tal forma que nos ubicamos Paco, Marisa, Laura y Silvia en una tienda, Laura y Rafa en otra y Mónica y yo en el iglú. Apenas entré en calor en toda la noche. Al principio me metí en el saco casi desnudo, con una camiseta y en calzoncillos, pero a los pocos minutos, no tuve más remedio que ponerme un polar, la braga al cuello, unos pantalones térmicos y unos calcetines de lana. Aterido de frío y abrazado a Mónica (habíamos unido los sacos) intentamos dormir, pero apenas lo conseguimos en toda la noche. Al menos pude disfrutar del intermitente e impresionante sonido de los seraks desprendiéndose de los glaciares que flanqueaban el campamento.

24.3.08

Memorias de Groenlandia y el pobre Manrique



Nos habíamos conocido en el aeropuerto local de Reykjavik. La ciudad, como casi siempre que he tenido la oportunidad de visitarla, nos despedía con una mañana lluviosa y fría. Éramos bastantes los que esperábamos allí, sentados en una pequeña sala de espera. Unos, expectantes por iniciar su ruta de Kayak, y otros su periplo de diez días, pero todos con un mismo destino: la Groenlandia a la que nos inuit llaman Kalaallit Nunaat, la tierra de los seres humanos.

Afortunadamente nuestro vuelo partió más o menos puntual y a las 14:45 hora local ya estábamos sobrevolando el Atlántico Norte, sobre los mares que casi mil años atrás había surcado Erik el Rojo desde Noruega.

Groenlandia, la mayor isla del mundo con una superficie de 2.170.000 km2, cuenta tan solo con 56.500 habitantes por lo que no es de extrañar que todo su tráfico aéreo se concentre en cinco pequeños aeropuertos. Si habíamos despedido la capital islandesa con un cielo gris y plomizo, nuestra aproximación a Groenlandia no pudo ser más espectacular. El avión sobrevoló la banquisa y los impresionantes fiordos de la costa este: una sucesión de abruptas montañas, verdes valles, activos glaciares y un mar repleto de icebergs. Tengo que reconocer que se me puso la piel de gallina y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: ya estábamos allí y todo parecía superar nuestras más atrevidas expectativas.

Narsarsuaq es una pequeña población artificial, creada tras la segunda guerra mundial cuando el aeropuerto era utilizado como base militar norteamericana. Apenas unas pocas casas de madera, un café (El Ice Blue), un hotel y un sencillo supermercado completan el abanico de posibilidades que ofrece hoy en día. Allí pasamos nuestra primera tarde, paseando hasta la orilla del fiordo, haciendo alguna visita a la tienda local en busca de mosquiteras y recogiendo esas “parkas” rojas que luego nos iban a acompañar durante todo el viaje.

Állí fue donde conocimos a Juan, acababa de llegar de otra ruta en kayak por lo que fue Marta, una compañera, la que ejerció de anfitriona durante todas estas primeras horas. Su llegada fue vista y no vista, apenas estuvo con nosotros cinco minutos antes de la cena, lo que nos dejó a todos un poco fríos. Quién nos iba a decir que aquella persona “aparentemente” tímida sería la misma de la que nos despediríamos con lágrimas en los ojos apenas una semana después.

El resto de la tarde la pasamos sentados en la terraza del albergue, disfrutando de los últimos rayos de sol del día y conociéndonos todos un poco mejor. La verdad es que tengo muy buen recuerdo de aquellas primeras horas de charla, aperitivo de todas las que vendrían después y que marcarían la relación de uno de los mejores grupos humanos con los que he tenido la oportunidad de viajar (y aquí ya incluyo a Juan).

La cena en el albergue fue bastante animada. Nos esperaba una sabrosa lasaña de pescado, así como un extraño islandés rubio y alto que se ofreció a contarnos una leyenda vikinga en su lengua original a cambio de compartir nuestra cena. Pese a los esfuerzos de Yunta por traducirle, una amiga danesa de Juan, nadie consiguió entender apenas nada. Pobre hombre.

Dado que la noche en el verano ártico siempre se hace esperar (apenas oscurecía de doce a tres y media), Laura, Mónica, Rafa y yo nos decidimos a dar un último paseo antes de irnos a la cama. Nuestra intención era acercarnos al café local para tomarnos una cerveza pero nuestra única compañía a esas horas era el frío y el silencio del aeropuerto. Narsarsuaq dormía y nosotros decidimos hacer lo mismo